La luz inundó el lugar, permitiendo así vislumbrar hasta el último rincón de la cueva. Muchos eran los rumores que corrían sobre esta y de su habitante, un peligroso nigromante. Aislado de su gente pero sin haber perdido el contacto con ellos, cada vez jugaba más con la nigromancia. En esa última semana habían muerto diez personas, de los cuales, cuatro eran guerreros de la cercana ciudad de Nesme. Diez fallecidos que, a pesar de no haber encontrado sus cuerpos, la sangre y el rastro dejados en el lugar del enfrentamiento demostraban que habían fallecido, nadie sobrevive a tal pérdida de sangre.
- He venido a matarte, Nigromante. - Las palabras en lengua común del humano, unas palabras de una voz grave sonaron como una burla para el Elfo Oscuro. - Has matado a demasiada gente. Tu vida entre nosotros se ha acabado, Adios. -
El Elfo rió incrédulo, no podía creer lo que acababa de escuchar, sin embargo tomó precauciones, agitó suave y rápidamente las manos, un movimiento que sin duda el humano conocía bien. Un martillo de guerra pequeño apareció en la mano derecha del humano, en la izquierda sostenía un escudo que le tapaba casi el cuerpo entero El Elfo no se había detenido a observar al enemigo ni por un segundo, un grave error antes de pasar a la ofensiva. Cuando el Nigromante detuvo las manos, ya con una espada en una y una daga en la otra, diez cuerpos se alzaron frente a él y previsiblemente, cuatro llevaban armadura, sin duda, eran los cadáveres de los lugareños, cosa que estremeció al humano, que destino tan cruel ser usado como un títere después de la muerte.
El Nigromante ordenó a sus títeres atacar, movimiento inútil, la luz que antes solamente iluminaba ahora quemaba inundando la caverna, dejando completamente ciego al Elfo Oscuro temporalmente. Este, en cuanto recuperó completamente la visión vio que sus marionetas volvían a estar sin vida y fue entonces, cuando analizó a su contrincante. Otro error más de este, ya que el humano se acercaba ágil y rápido contra el Elfo, quien atónito por la velocidad de los pasos de su rival tuvo escasos segundos para defenderse.
El martillo se alzó por encima de la cabeza del Drow, este la detuvo sin dificultad con la espada que empuñaba, mientras intentó atacar con la Daga que sostenía en la otra mano, el humano, atento, vio la daga, y con la mano con la que antes sostenía el escudo sujetó la mano del enemigo, después, con otro ágil movimiento, tiró del contrincante, haciéndolo perder el equilibrio y tropezar unos pasos hacia delante hasta que recobró el equilibrio. El último paso fue precedido por un golpe del martillo en su pierna derecha -¿Cómo puede ser tan ágil?- se preguntó mientras por arte de magia un segundo martillo, salida de la nada hasta la mano izquierda de su contrincante, quien ahora empuñaba dos martillos exactamente iguales sin problema alguno y lanzando ataques devastadores, ataques que cada vez costaban más de detener debido a la fuerza con la que atacaba su rival, el Drow se planteó la retirada, aunque cada vez que buscaba la salida un golpe con el martillo se lo impedia. Esto, sumado al resplandor de la armadura del humano que salía de ninguna parte le hizo preguntarse si estaba listo para marcharse. ¿Se habría vuelto demasiado codicioso en su intento de hacerse con más y más poder? Eso ya no importaba, cuando uno de los martillos impactó de lleno en la mejilla, lanzando casi al Drow por los aires mientras el otro impactaba en las costillas, uno por cada lado hizo que este volara de manera horizontal. Cuando el cuerpo aterrizó el humano ya guardaba cada una de sus armas en su lugar, una en la espalda y otra en la cintura. Luego buscó en la caverna algo que pudiera serle de utilidad, recogió su escudo y salió de allí.
Después del combate, se dirigió a la ciudad de Nesme, donde sin duda había gente que esperaba a alguien que resolviera la situación. Los ciudadanos se acercaron para contemplar más de cerca de quien se trataba. Era sin duda un humano, de casi dos metros de alto, con poderosos músculos. Portaba una cota de escamas que le cubría casi la totalidad de su cuerpo y que pese a su magnitud, no obstaculizaba ningún movimiento del Clérigo. En su cinto, en la parte derecha colgaba un martillo, cuya cabeza brillaba de un modo mágico, como sólo el Mithril lo hacía. Su gemelo, otro martillo colgaba de la espalda del Clérigo, al igual que el correaje de su escudo.